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EL ESTUDIO DE DIOS

I

El 7 de enero de 1855 el pastor de la capilla de New Park Street, Southwark, Inglaterra, inició su sermón matutino con las siguientes palabras:
Alguien ha dicho que "el estudio apropiado de la humanidad es el hombre". No vaya negar este concepto, pero pienso que es igualmente cierto que el estudio apropiado para los elegidos de Dios es Dios mismo; el estudio apropiado para el cristiano es la Deidad. La ciencia más elevada, la especulación más encumbrada, la filosofía más vigorosa, que puedan jamás ocupar la atención de un hijo de Dios, es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra, los hechos, y la existencia de ese gran Dios a quien llama Padre.
En la contemplación de la Divinidad hay algo extraordinariamente beneficioso para la mente. Es un tema tan vasto que todos nuestros pensamientos se pierden en su inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo se hunde en su infinitud. Cuando se trata de otros temas podemos abarcarlos y enfrentarlos; sentimos una especie de autosatisfacción al encararlos, y podemos seguir nuestro camino con el pensamiento de que "he aquí que soy sabio". Pero cuando nos damos con esta ciencia por excelencia y descubrimos que nuestra plomada no puede sondear su profundidad, que nuestro ojo de águila no puede percibir su altura, nos alejamos con el pensamiento de que el hombre vano quisiera ser sabio, pero que es como el pollino salvaje; y con la solemne exclamación de que "soy de ayer, y nada sé". Ningún tema de contemplación tenderá a humillar a la mente en mayor medida que los pensamientos de Dios.
Más, si bien el tema humilla la mente, al propio tiempo la expande. El que con frecuencia piensa en Dios, tendrá una mente más amplia que el hombre que se afana simplemente por lo que le ofrece este mundo estrecho. El estudio más excelente para ensanchar el alma es la Ciencia de Cristo, y este crucificado, y el conocimiento de la deidad en la gloriosa Trinidad. Nada hay que desarrolle tanto el intelecto, que magnifique tanto el alma del hombre, como la investigación devota, sincera, y continua del gran tema de la Deidad.
Además, a la vez que humilla y ensancha, este tema tiene un efecto eminentemente consolador. La contemplación de Cristo proporciona un bálsamo para toda herida; la meditación sobre el Padre proporciona descanso de toda' aflicción; y en la influencia del Espíritu Santo hay bálsamo para todo mal. ¿Quieres librarte de tu dolor? ¿Quieres ahogar tus preocupaciones? Entonces ve y zambúllete en lo más profundo del mar de la Deidad; piérdete en su inmensidad; y saldrás de allí como a levantarte de un lecho de descanso, renovado y fortalecido. No conozco nada que sea tan consolador para el alma, que apacigüe las crecientes olas del dolor y la aflicción, que proporcione paz ante los vientos de las pruebas, como la ferviente reflexión sobre el tema de la Deidad. Invito a los presentes a considerar dicho tema esta mañana.
Las palabras que anteceden, dichas hace más de un siglo por C. H. Spurgeon (que en esa época, increíblemente, tenía sólo veinte años de edad) eran ciertas entonces y siguen siéndolo hoy. Ellas constituyen un prefacio adecuado para una serie de estudios sobre la naturaleza y el carácter de Dios.
II
"Pero espere un momento -dice alguien-, contésteme esto: ¿Tiene sentido realmente nuestro viaje? Ya sabemos que en la época de Spurgeon a la gente le interesaba la teología, pero a mí me resulta aburrida. ¿Por qué vamos a dedicarle tiempo en el día de hoy al tipo de estudio que usted nos propone? ¿No le parece que el laico, por de pronto, puede arreglárselas sin él? Después de todo, ¡estamos en el año 1979, no en l855!"
La pregunta viene al caso, por cierto; pero creo que hay una respuesta convincente para la misma. Está claro que el interlocutor de referencia supone que un estudio sobre la naturaleza y el carácter de Dios ha de ser impráctico e irrelevante para la vida. En realidad, sin embargo, se trata del proyecto más práctico que puede encarar cualquiera. El conocimiento acerca de Dios tiene una importancia crucial para el desarrollo de nuestra vida. Así como sería cruel trasladar a un aborigen del Amazonas directamente a Londres, depositarlo sin explicación alguna en la plaza de Trafalgar, y allí abandonarlo, sin conocimiento de la lengua inglesa ni de las costumbres inglesas, para que se desenvuelva por su cuenta, así también somos crueles para con nosotros mismos cuando intentamos vivir en este mundo sin conocimiento de ese Dios cuyo es el mundo y al que él dirige. Para los que no saben nada en cuanto a Dios, este mundo se torna en un lugar extraño, loco y penoso, y la vida en él se hace desalentadora y desagradable. El que descuida el estudio de Dios se sentencia a sí mismo a transitar la vida dando tropezones y errando el camino como si tuviera los ojos vendados, por así decido, sin el necesario sentido de dirección y sin comprender lo que ocurre a su alrededor. Quien obra de este modo ha de malgastar su vida y perder su alma.
Teniendo presente, pues, que el conocimiento de Dios vale la pena, nos preparamos para comenzar. Más, ¿por dónde hemos de empezar? Evidentemente tenemos que iniciar el estudio desde donde estamos. Esto, sin embargo, significa metemos en la tormenta, por cuanto la doctrina de Dios constituye foco tormentoso en el día de hoy. El denominado "debate sobre Dios", con sus lemas tan alarmantes -"nuestra imagen de Dios debe desaparecer"; "Dios ha muerto"; "podemos cantar el credo pero no podemos decirlo" - se agita por todas partes. Se nos afirma que la fraseología cristiana, como la han practicado históricamente los creyentes, es una especie de disparate refinado, y que el conocimiento de Dios está en realidad vacío de contenido. Los esquemas de enseñanza que profesan tal conocimiento se catalogan de anticuados y se descartan -"el calvinismo", "el fundamentalismo", "el escolasticismo protestante", "la vieja ortodoxia". ¿Qué hemos de hacer? Si postergamos el viaje hasta que haya pasado la tormenta, quizá nunca lleguemos a comenzarlo. Yo propongo lo siguiente. El lector recordará la forma en que el peregrino de Bunyan se tapó los oídos con los dedos y siguió corriendo, exclamando: " Vida, Vida, Vida Eterna " cuando su mujer y sus hijos lo llamaban para que abandonase el viaje que estaba iniciando. Yo le pido al lector que por un momento se tape los oídos para no escuchar a los que les dicen que no hay camino que lleve al conocimiento de Dios, y que inicie el viaje conmigo para ver por sí mismo. Después de todo, las apariencias pueden ser engañosas, y el que transita un camino reconocido no se molestará mayormente si oye que los que no lo hacen se dicen unos a otros que no existe tal camino.
Tormenta o no, por lo tanto, nosotros vamos a comenzar. Empero, ¿cómo trazamos la ruta que hemos de seguir?
La ruta la determinarán cinco afirmaciones básicas, cinco principios fundamentales relativos al conocimiento sobre Dios que sostienen los cristianos. Son los que siguen:
1. Dios ha hablado al hombre, y la Biblia es su palabra, la que nos ha sido dada para abrir nuestros entendimientos a la salvación.
2. Dios es Señor y Rey sobre su mundo; gobierna por sobre todas las cosas para su propia gloria, demostrando sus perfecciones en todo lo que hace, a fin de que tanto hombres como ángeles le rindan adoración y alabanza.
3. Dios es Salvador, activo en su amor soberano mediante el Señor Jesucristo con el propósito de rescatar a los creyentes de la culpa y el poder del pecado, para adoptarlos como hijos, y bendecirlos como tales.
4. Dios es trino y uno; en la Deidad hay tres personas, Padre, Hijo, y Espíritu Santo; yen la obra de salvación las tres personas actúan unidas, el Padre proyectando la salvación, el Hijo realizándola, y el Espíritu aplicándola.
5. La santidad consiste en responder a la revelación de Dios con confianza y obediencia, fe y adoración, oración y alabanza; sujeción y servicio. La vida debe verse y vivirse a la luz de la Palabra de Dios. Esto, y nada menos que esto, constituye la verdadera religión.
A la luz de estas verdades generales y básicas, vamos a examinar a continuación lo que nos muestra la Biblia sobre la naturaleza y el carácter del Dios del que hemos estado hablando. Nos hallamos en la posición de viajeros que, luego de observar una gran montaña a la distancia, de rodearla y de comprobar que domina todo el panorama y que determina la configuración de la campiña que la rodea, se dirigen directamente hacia ella con la intención de escalarla.
III
¿Qué entraña la ascensión? ¿Cuáles son los temas que nos ocuparán?
Tendremos que estudiar la Deidad de Dios. Las cualidades de la Deidad que separan a Dios de los hombres, y determinan la diferencia y la distancia que existen entre el Creador y sus criaturas, cualidades tales como su existencia autónoma, su infinitud, su eternidad, su inmutabilidad. Tendremos que considerar los poderes de Dios: su omnisciencia, su omnipresencia, su carácter todopoderoso. Tendremos que referimos a las perfecciones de Dios, los aspectos de su carácter moral que se manifiestan en sus palabras y en sus hechos: su santidad, su amor y misericordia, su veracidad, su fidelidad, su bondad, su paciencia, su justicia. Tendremos que tomar nota de lo que le agrada, lo que le ofende, lo que despierta su ira, lo que le da satisfacción y gozo.
Para muchos de nosotros se trata de temas relativamente poco familiares. No lo fueron siempre para el pueblo de Dios. Tiempo hubo en que el tema de los atributos de Dios (como se los llamaba) revestía tal importancia que se lo incluía en el catecismo que todos los niños de las iglesias debían aprender y que todo miembro adulto debía conocer. Así, a la cuarta pregunta en el Catecismo Breve de Westminster, "¿Qué es Dios?", la respuesta rezaba de este modo: "Dios es espíritu, infinito, eterno, e inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad, y verdad", afirmación que el gran Charles Hodge describió como "probablemente la mejor definición de Dios que jamás haya escrito el hombre". Pocos son los niños de hoy en día, con todo, que estudian el Catecismo Breve de Westminster, y pocos son los fieles modernos que habrán escuchado una serie de sermones sobre el carácter de la divinidad parecidos a los voluminosos Discourses on the Existence and Attributes 0f God (Discursos sobre la existencia y los atributos de Dios) de Chamock dados en 1682. Igualmente, son pocos los que habrán leído algo sencillo y directo sobre la naturaleza de Dios, por cuanto poco es lo que se ha escrito sobre el mismo últimamente. Por lo tanto hemos de suponer que una exploración de los temas mencionados nos proporcionará muchos elementos nuevos para la meditación, y muchas ideas nuevas para considerar y digerir.
IV
Por esta misma razón debemos detenemos, antes de comenzar el ascenso de la montaña, para hacemos una pregunta sumamente importante; pregunta que, ciertamente, siempre deberíamos hacemos cada vez que comenzamos cualquier tipo de estudio del Santo Libro de Dios. La pregunta se relaciona con nuestros propios motivos e intenciones al encarar el estudio. Necesitamos preguntamos: ¿Cuál es mi meta Última, mi propósito, al dedicarme a pensar en estas cosas? ¿Qué es 10 que pienso hacer con mi conocimiento acerca de Dios, una vez que lo haya adquirido? Porque el hecho que tenemos que enfrentar es el siguiente: que si buscamos el conocimiento teológico por lo que es en sí mismo, terminará por resultamos contraproducente. Nos hará orgullosos y engreídos.
La misma grandeza del tema nos intoxicará, y tenderemos a sentimos superiores a los demás cristianos, en razón del interés que hemos demostrado en él y de nuestra comprensión del mismo; tenderemos a despreciar a las personas cuyas ideas teológicas nos parezcan toscas e inadecuadas, y a despacharlas como elementos de muy poco valor. Porque como les dijo Pablo a los ensoberbecidos Corintios: "El conocimiento envanece... si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo" (I COL 8: 1 a, 2). Si adquirir conocimientos teológicos es un fin en sí mismo, si estudiar la Biblia no representa un motivo más elevado que el deseo de saber todas las respuestas, entonces nos veremos encaminados directamente a un estado de engreimiento y autoengaño. Debemos cuidar nuestro corazón a fin de no abrigar una actitud semejante, y orar para que ello no ocurra. Como ya hemos visto, no puede haber salud espiritual sin conocimiento doctrinal; pero también es cierto que no puede haber salud espiritual con dicho conocimiento si se 10 procura con fines errados y se lo estima con valores equivocados. En esta forma el estudio doctrinal puede realmente tornarse peligroso para la vida espiritual, y nosotros hoy en día, en igual medida que los corintios de la antigüedad, tenemos que estar en guardia a fin de evitar dicho peligro.
Empero, dirá alguien, ¿acaso no es un hecho que el amor a la verdad revelada de Dios, y un deseo de saber todo lo que se pueda, es lo más lógico y natural para toda persona que haya nacido de nuevo? ¿Qué nos dice el Salmo 119? - "enséñame tus estatutos"; "abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley"; "¡oh, cuánto amo yo tu ley! ", "¡cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca"; "dame entendimiento para conocer tus testimonios" (vv. 12, 18, 97, 103,125). ¿Acaso no anhela todo hijo de Dios, junto con el salmista, saber todo lo que puede acerca de su Padre celestial? ¿Acaso no es el hecho de que "recibieron el amor de la verdad" de este modo prueba de que han nacido de nuevo? (Véase 2ª  Tes. 2: 10). ¿Y acaso no está bien el procurar satisfacer en la mayor medida posible este anhelo dado por Dios mismo?
Claro que lo está, desde luego. Pero si miramos nuevamente lo que dice el Salmo 119, veremos que lo que anhelaba el salmista era adquirir un conocimiento no teórico sino práctico acerca de Dios. Su anhelo supremo era el de conocer a Dios mismo y deleitarse en él, y valorar el conocimiento sobre Dios simplemente coma un medio para ese fin. Quería entender las verdades divinas con el fin de que su corazón pudiera responder a ellas y que su vida se fuese conformando a ellas. Observamos lo que se destaca en los versículos iníciales: "Bienaventurados los perfectos de camino, los que andan en la ley de Jehová. Bienaventurados los que guardan sus testimonios, y con todo el corazón le buscan. ¡Ojala fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!" (vv. 1, 2, 5).Le interesaban la verdad y la ortodoxia, la enseñanza bíblica y la teología, pero no Como fines en sí mismas sino como medios para lograr las verdaderas metas de la vida y la santidad. Su preocupación central era acerca del conocimiento y el servicio del gran Dios cuya verdad procuraba entender.
Esta debe ser también nuestra actitud. Nuestra meta al estudiar la Deidad debe ser la de conocer mejor a Dios mismo. Debe interesamos ampliar el grado de acercamiento no sólo a la doctrina de los atributos de Dios sino al Dios vivo que los ostenta. Así como él es el tema de nuestro estudio, y el que nos ayuda en ello, también debe ser él el fin del mismo. Debemos procurar que el estudio de Dios nos lleve más cerca de él. Con este fin se dio la revelación, y es a este fin que debemos aplicada. ¿Cómo hemos de lograr esto? ¿Cómo podemos transformar el conocimiento acerca de Dios en conocimiento de Dios? La regla para llegar a ello es exigente, pero simple. Consiste en que transformemos todo lo que aprendemos acerca de Dios en tema de meditación delante de Dios, seguido de oración y alabanza a Dios.
Quizá tengamos alguna idea acerca de lo que es la oración, pero no en cuanto a lo que es la meditación. Es fácil que así sea por cuanto la meditación es un arte que se ha perdido en el día de hoy, y los creyentes sufren gravemente cuando ignoran dicha práctica. La meditación es la actividad que consiste en recordar, en pensar, y en reflexionar sobre todo lo que uno sabe acerca de las obras, el proceder, los propósitos, y las promesas de Dios, y aplicado todo a uno mismo. Es la actividad del pensar consagrado, que se realiza conscientemente en la presencia de Dios, a la vista de Dios, con la ayuda de Dios, y como medio de comunión con Dios. Tiene como fin aclarar la visión mental y espiritual que tenemos de Dios y permitir que la verdad de la misma haga un impacto pleno y apropiado sobre la mente y el corazón. Se trata de un modo de hablar consigo mismo sobre Dios y lino mismo; más aun, con frecuencia consiste en discutir con uno mismo, a fin de librarse de un espíritu de duda, de incredulidad, para adquirir una clara aprehensión del poder y la gracia de Dios.

Tiene como efecto invariable el humillamos, cuando contemplamos la grandeza y la gloria de Dios, y nuestra propia pequeñez y pecaminosidad, como también alentamos y damos seguridad "consolarnos", para emplear el vocablo en el antiguo sentido bíblico del mismo- mientras contemplamos las inescrutables riquezas de la misericordia divina desplegadas en el Señor Jesucristo. Estos son los puntos que destaca Spurgeon en el párrafo de su sermón citado al comienzo de este capítulo, y son reales y verdaderos. En la medida en que vamos profundizando más y más esta experiencia de ser humillados y exaltados, aumenta nuestro conocimiento de Dios, y con él la paz, la fortaleza y el gozo. Dios nos ayuda, por lo tanto, a transformar nuestro conocimiento acerca de Dios de este modo, a fin de que realmente podamos decir que "conocemos al Señor".

PARA CONOCER Y SER CONOCIDOS

I

¿Para qué hemos sido hechos? Para conocer a Dios. ¿Qué meta deberíamos fijamos en esta vida? La de conocer a Dios. ¿Qué es esa "vida eterna" que nos da Jesús? El conocimiento de Dios. "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17:3). ¿Qué es lo mejor que existe en la vida, lo que ofrece mayor gozo, delicia, y contentamiento que ninguna otra cosa? El conocimiento de Dios. "Así dijo Jehová: no se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en su riqueza. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme" (Jer. 9: 23ss). ¿Cuál de los diversos estados en que Dios ve al hombre le produce mayor deleite? Aquel en que el hombre conoce a Dios. “... quiero... conocimiento de Dios más que holocaustos", dice Dios (Ose. 6:6). Ya en estas pocas frases hemos expresado muy mucho. El corazón de todo verdadero cristiano cobrará entusiasmo ante lo expresado, mientras que la persona que tiene una religión puramente formal permanecerá impasible. (De paso, su estado no regenerado se pondrá en evidencia por este solo hecho.) Lo que hemos dicho proporciona de inmediato un fundamento, un modelo, una meta para nuestra vida, además de un principio para determinar prioridades y una escala de valores. Una vez que comprendemos que el propósito principal para el cual estamos aquí es el de conocer a Dios, la mayoría de los problemas de la vida encuentran solución por sí solos. El mundo contemporáneo está lleno de personas que sufren de la agotadora enfermedad que Alberto Camus catalogó como el mal del absurdo ("la vida es una broma pesada"), y del mal que podríamos denominar la fiebre de María Antonieta, ya que fue ella quien encontró la frase que 10 describe ("nada tiene gusto").
Estas enfermedades arruinan la vida: todo se vuelve tanto un problema como un motivo de aburrimiento, porque nada parece tener valor. Pero la tenia del absurdísimo y la fiebre de Antonieta son males de los que, por su misma naturaleza, los cristianos están inmunes, excepto cuando sobrevienen períodos ocasionales de malestar, cuando el poder de la tentación comprime y distorsiona la mente; pero tales períodos, por la gracia de Dios, no duran mucho. Lo que hace que la vida valga la pena es contar con un objetivo lo suficientemente grande, algo que nos cautive la emoción y comprometa nuestra lealtad; y esto es justamente lo que tiene el cristiano de un modo que no lo tiene ningún otro hombre. Por qué, ¿qué meta más elevada, más exaltada, y más arrolladora puede haber que la de conocer a Dios?
Desde otro punto de vista, sin embargo, todavía no es mucho 10 que hemos dicho. Cuando hablamos de conocer a Dios, hacemos uso de una fórmula verbal, y las fórmulas son como cheques; no valen para nada a menos que sepamos cómo cobrarlos. ¿De qué estamos hablando cuando usamos la frase "conocer a Dios", de algún tipo de emoción? ¿De estremecimientos que nos recorren la espalda? ¿De una sensación etérea, nebulosa, propia de los sueños? ¿De sensaciones alucinantes y excitantes como las que buscan los drogadictos? ¿Qué es 10 que ocurre? ¿Se oye algo? ¿Se ven visiones? ¿Es que una serie de pensamientos extraños invaden la mente? ¿De qué se trata? Dichas cuestiones merecen consideración, especialmente porque, según las Escrituras, se trata de un área en que es fácil engañarse, en que puede llegar a pensarse que se conoce a Dios cuando en realidad no es así. Lanzamos por tanto la siguiente pregunta: ¿qué clase de actividad o acontecimiento es el que puede acertadamente describirse como el de "conocer a Dios"?
II
Para comenzar, está claro que el "conocer" a Dios es necesariamente una cuestión más compleja que la de "conocer" a otro hombre, del mismo modo en que "conocer" al vecino resulta más complejo que "conocer" una casa, un libro, n idioma. Cuanto más complejo sea el objeto, tanto más complejo resulta "conocerlo". El conocimiento de un objeto abstracto, como una lengua, se obtiene mediante el estudio; el conocimiento de algo inanimado, como una montaña un museo, se obtiene mediante la inspección y la exploración. Estas actividades, si bien exigen mucho esfuerzo concentrado, son relativamente fáciles de describir. Pero cuando se trata de cosas vivientes, el conocerlas se torna ante más complicado. No se llega a conocer un organismo viviente hasta tanto no se conozca la forma en que pueda reaccionar y comportarse bajo diversas circunstancias específicas, y no simplemente conociendo su historia pasada. La persona que dice "yo conozco a este caballo" generalmente quiere decir no simplemente que lo ha visto antes (aunque por la forma en que empleamos las palabras, bien podría querer decir esto solamente); más probablemente, sin embargo, quiere decir: "Sé como se comporta, y puedo decirle cómo debe tratarlo." El conocimiento de esta clase sólo se obtiene mediante una asociación previa con el animal, al haberlo visto en acción, y al tratar de atenderlo y cabalgarlo uno mismo.
En el caso de los seres humanos la situación se complica más todavía, por el hecho de que, a diferencia de los caballos, tienen la posibilidad de ocultar, y de abstenerse de mostrar a los demás, todo lo que anida en su interior. En pocos días se puede llegar a conocer a un caballo en forma completa, pero es posible pasar meses y hasta años en compañía de otra persona y sin embargo tener que decir al final: "En realidad no lo conozco en absoluto." Reconocemos grados de conocimiento de nuestros semejantes; decimos que los conocemos "bien", "no muy bien", "lo suficiente como para saludamos", "íntimamente", o talvez "perfectamente", según el grado de apertura que han manifestado hacia nosotros.
De manera que la calidad y la profundidad de nuestro conocimiento de los demás depende más de ellos que de nosotros. El que los conozcamos depende más directamente de que ellos nos permitan que los conozcamos que de nuestros intentos para llegar a conocerlos: Cuando nos encontramos, la parte nuestra consiste en prestarles atención y demostrar interés en ellos, mostrar buena voluntad y abrimos amistosamente. A partir de ese momento, sin embargo, son ellos, no nosotros, los que deciden si los vamos a conocer o no.
Imaginemos que nos van a presentar una persona que consideramos "superior" a nosotros -ya sea en rango, en distinción intelectual, en capacidad profesional, en santidad personal, o en algún otro sentido. Cuanto más conscientes estemos de nuestra propia inferioridad, tanto más sentimos que nuestra parte consiste en colocamos a su disposición respetuosamente para que ella tome la iniciativa en la conversación. (Pensemos en la posibilidad de un encuentro con el presidente o un ministro.) Nos gustaría llegar a conocer a una persona tan encumbrada pero nos damos cuenta perfectamente de que esto es algo que debe decidirlo dicha persona, no nosotros. Si se limita a las formalidades del caso tal vez nos sintamos desilusionados, pero comprendemos que no nos podemos quejar; después de todo, no teníamos derecho a reclamar su amistad. Pero si, por el contrario, comienza de inmediato a brindamos su confianza, y nos dice francamente lo que está pensando en relación con cuestiones de interés común, y si a continuación .nos invita a tomar parte en determinados proyectos, y nos pide que estemos a su disposición en forma permanente para este tipo de colaboración toda vez que la necesite, entonces nos sentiremos tremendamente privilegiados, y nuestra actitud general cambiará fundamentalmente. Si hasta entonces la vida nos parecía inútil y tediosa, ya no lo será más desde el momento en que esa gran personalidad nos cuenta entre sus colaboradores inmediatos. ¡Esto sí que vale la pena! ¡Así sí que vale la pena vivir!
Esto, en cierta medida, es una ilustración de lo que significa conocer a Dios. Con razón podía Dios decir por medio de Jeremías, "Alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme", porque el conocer a Dios equivale a tener una relación que tiene el efecto de deleitar al corazón del hombre. Lo que ocurre es que el omnipotente Creador, Señor de los ejércitos, el gran Dios ante quien las naciones son como la gota en un balde, se le acerca y comienza a hablarle por medio de las palabras y las verdades de la Sagrada Escritura. Quizás conoce la Biblia y la doctrina cristiana hace años, pero ellas no han significado nada para él. Mas un día se despierta al hecho de que Dios le está hablando de veras - ¡a él!- a través del mensaje bíblico.
Mientras. escucha lo que Dios le está diciendo se siente humillado; porque Dios le habla de su pecado, de su culpabilidad, de su debilidad, de su ceguera, de su necedad, y lo obliga a darse cuenta de que no tiene esperanza y que nada puede hacer hasta que le brota una exclamación pidiendo perdón; Pero esto no es todo. Llega a comprender, mientras escucha, que en realidad Dios le está abriendo el corazón, tratando de hacer amistad con él, de enrolarlo como colega -en la expresión de Barth, como socio de un pacto. Es algo realmente asombroso, pero es verdad: la relación en la que los seres humanos pecadores conocen a Dios es una relación en la que Dios, por así decirlo, los toma a su servicio a fin de que en lo adelante sean colaboradores suyos (Véase 1ª Cor.3: 9) y amigos personales. La acción de Dios de sacar a José de la prisión para hacerla primer ministro del Faraón es un ejemplo de lo que hace con el cristiano: de ser prisionero de Satanás se descubre súbitamente en una posición de confianza, al servicio de Dios. De inmediato la vida se transforma. El que uno sea sirviente constituye motivo de vergüenza u orgullo según a quien sirva. Son muchos los que han manifestado el orgullo que sentían de ser servidores personales de Sir Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. Con cuánta mayor razón ha de ser motivo de orgullo y gloria conocer y servir al Señor de cielos y tierra.
¿En qué consiste, por lo tanto, la actividad de conocer a Dios? Reuniendo los diversos elementos que entran en juego en esta relación, como lo hemos esbozado, podemos decir que el conocer a Dios comprende;
PRIMERO, escuchar la palabra de Dios y aceptada en la forma en que es interpretada por el Espíritu Santo, para aplicarla a uno mismo;
SEGUNDO, tomar nota de la naturaleza y el carácter de Dios, como nos los revelan su Palabra y sus obras;
TERCERO, aceptar sus invitaciones y hacer lo que él manda; cuarto, reconocer el amor que nos ha mostrado al acercarse a nosotros y al relacionamos consigo en esa comunión divina.
III
La Biblia ilustra estas ideas esquemáticas valiéndose de figuras y analogías y diciéndonos que conocemos a Dios del modo en que el hijo conoce al padre, en que la mujer conoce a su esposo, en que el súbdito conoce a su rey, en que las ovejas conocen a su pastor (estas son las cuatro analogías principales que se emplean). Estas cuatro analogías indican una relación en la que el que conoce se siente como superior a aquel a quien conoce, y este último acepta la responsabilidad de ocuparse del bienestar del primero. Esto constituye parte del concepto bíblico sobre el conocimiento de Dios, y quienes lo conocen -es decir, aquellos a quienes él permite que le conozcan- son amados y cuidados por él. Enseguida volveremos sobre esto.
La Biblia agrega luego que conocemos a Dios de este modo sólo mediante el conocimiento de Jesucristo, que es el mismo Dios manifestado en carne. "¿no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre"; "Nadie viene al Padre sino por mí" (Juan 14: 9,6). Es importante, por lo tanto, que tengamos bien claro en la mente lo que significa "conocer" a Jesucristo.
Para sus discípulos terrenales el conocer a Jesús se puede comparar directamente con el acto de conocer al personaje importante de nuestra ilustración. Los discípulos eran galileas del pueblo que no tenían por qué pensar que Jesús pudiera tener algún interés especial en ellos. Pero Jesús, el rabí que hablaba con autoridad, el profeta que era más que profeta, el maestro que despertó en ellos admiración y devoción crecientes hasta que no pudieron menos que reconocerlo como su Dios, los buscó, los llamó a estar con él, formó con ellos su círculo íntimo, y los reclutó como agentes suyos para declarar al mundo el reino de Dios. "Estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar... “(Mar. 3: 14). Reconocieron en el que los había elegido y los había llamado amigos al "Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mat. 16: 16), el hombre que nació para ser rey, el portador de las "palabras de vida eterna" (Juan 6: 68), y el sentido de lealtad y de privilegio que este conocimiento les dio transformó toda su vida.
Ahora bien, cuando el Nuevo Testamento nos dice que Jesucristo ha resucitado, una de las cosas que ello significa es que la víctima del Calvario se encuentra ahora, por así decido, libre y suelto, de manera que cualquier hombre en cualquier parte puede disfrutar del mismo tipo de relación con él que disfrutaron los discípulos en los días de su peregrinaje en la tierra. Las únicas diferencias son que, primero, su presencia con cada creyente es espiritual, no corporal, y por ende invisible a los ojos físicos; segundo, el cristiano, basándose en el testimonio del Nuevo Testamento, conoce desde el primer momento aquellas doctrinas sobre la deidad y el sacrificio expiatorio de Jesús que los primeros discípulos sólo llegaron a comprender gradualmente, a lo largo de un período de años; y, tercero, que el modo de hablamos que tiene Jesús ahora no consiste en la emisión de palabras nuevas, sino en la aplicación a nuestra conciencia de las palabras suyas que están preservadas en los evangelios, juntamente con la totalidad del testimonio bíblico sobre su persona. Pero el conocer a Cristo Jesús sigue siendo una relación de discipulado personal tan real como lo fue para los doce cuando él estaba en la tierra. El Jesús que transita el relato del evangelio acompaña a los cristianos de hoy en día, y el conocerlo comprende el andar con él, hoy como entonces.
"Mis ovejas oyen mi voz -dice Jesús-, y yo las conozco, y me siguen" (Juan 10:27). Su "voz" es lo que él afirma de sí mismo, es su promesa, su clamado. "Yo soy el pan de vida '0' la puerta de las ovejas… el buen pastor... la resurrección" (Juan 6:35; 10:7,14; 11:25)0 "El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. De cierto, tiene vida eterna" (Juan 5:23s) "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí y hallaréis descanso. “(Mateo 11: 28s). La voz de Jesús es "oída" cuando se acepta lo que él afirma, cuando se confía en su promesa, cuando se responde a su llamado. De allí en adelante, Jesús es conocido como el pastor, y a quienes ponen su confianza en él los conoce como sus propias ovejas. "yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano" (Juan 10:27s). Conocer a Jesús significa ser salvo por Jesús, ahora y eternamente, del pecado, de la culpa, de la muerte.
IV
Apartándonos un poco ahora para observar lo que hemos dicho que significa "que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado", podemos subrayar los siguientes puntos.
PRIMERO, el conocer a Dios es cuestión de trato persona: como lo es toda relación directa con las personas. El conocer a Dios es más que el conocimiento acerca de él; fe asunto de tratar con él a medida que él se abre a nosotros, de que él se ocupe dé nosotros a medida que va tomando conocimiento de nosotros. El conocimiento acerca de él es condición previa necesaria para poder confiar en él (" ¿," cómo creerán en aquel de quien no han oído?" [Rom 10:14]), pero la amplitud de nuestro conocimiento acerca de él no es indicio de la profundidad de nuestro conocimiento de él. John Owen y Calvino sabían más teología que Bunyan o Billy Bray, mas ¿quién negaría que los dos últimos conocían a su Dios tan bien como los otros dos? (Los cuatro, desde luego, eran asiduos lectores de la Biblia, le cual vale mucho más que la preparación, teológica formal.)
Si el factor decisivo fuera la precisión y la minuciosidad de los conocimientos, entonces obviamente los eruditos bíblicos más destacados serían los que conocerían a Dios mejor que nadie. Pero no es así; es posible tener todos los conceptos correctos en la cabeza sin haber conocido jamás en el corazón las realidades a que los mismos se refieren; y un simple lector de la Biblia, o uno que sólo escucha sermones pero que es lleno del Espíritu Santo, ha de desarrollar una relación mucho más profunda con su Dios y Salvador que otros más preparados que se conforman con la corrección teológica. La razón está en que los primeros tratan con Dios en relación a la aplicación práctica de la doctrina a su propia vida, mientras que los otros no.
SEGUNDO, el conocer a Dios es cuestión de compromiso personal, tanto de mente, como de voluntad y de sentimientos. Es evidente que de otro modo no sería, en realidad, una relación personal completa. Para llegar a conocer a una persona hay que aceptar plenamente su compañía, compartir sus intereses, y estar dispuesto a identificarse con sus asuntos. Sin esto, la relación con dicha persona será sólo superficial e intrascendente. "Gustad, y ved que es bueno Jehová", dice el salmista (Salmo 34: 8). "Gustar" es, como decimos, "probar" un bocado de algo, con el propósito de apreciar su sabor. El plato que nos presentan puede parecer rico, y puede venir con la recomendación del cocinero, pero no sabemos qué gusto tiene realmente hasta que lo probamos. De igual modo, no podemos saber cómo es una persona hasta que no hayamos "gustado" o probado su amistad. Por así decido, los amigos se comunican sabores mutuamente todo el tiempo, porque comparten lo que sienten el uno hacia el otro (pensemos en dos personas que se aman), como también sus actitudes hacia todas las cosas que les son de interés común. A medida que se van abriendo de este modo el uno al otro mediante lo que dicen y lo que hacen, cada uno de ellos va "gustando" la calidad del otro con resultados positivos o negativos. Cada cual se ha identificado con los asuntos del otro, de manera que se sienten unidos emocionalmente. Hay manifestación de sentimientos mutuos, piensan el uno en el otro. Este es un aspecto esencial del conocimiento entre dos personas que son amigas; y lo mismo puede decirse del conocimiento que de Dios tiene el cristiano, el que, como ya hemos visto, es justamente una relación entre amigos.
Al aspecto emocional del conocimiento de Dios se le resta importancia en los días actuales, por el temor de alentar una actitud de sensiblera introspección. Cierto es que no hay cosa menos religiosa, que la religión- centrada en uno mismo, y que se hace necesario repetir constantemente que Dios no existe para nuestra "comodidad", o "felicidad", o satisfacción", o para proporcionamos "experiencias religiosas", como si estas fuesen las cosas más interesantes o importantes de la vida. También se hace necesario destacar que cualquiera que, sobre la base de las "experiencias religiosas", "dice: Y o le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él" (I Juan: 4; cf. vv. 9,11; 3:6,11; 4:20).
Mas, no obstante ello, no debemos perder de vista 'el hecho de que el conocer a Dios es una relación emocional, tanto como intelectual y volitiva, y que no podría ser realmente una relación profunda entre personas si así no lo fuera. El creyente está, y debe estar, emocionalmente involucrado en las victorias y vicisitudes de la causa de Dios en el mundo, del mismo modo en que los servidores personales de Sir Winston se sentían emocionalmente involucrados en los altibajos de la guerra. El creyente se regocija cuando su Dios es honrado y vindicado, y experimenta la más penetrante angustia cuando ve que Dios es escarnecido. Cuando Bernabé llegó a Antioquia “vio la gracia de Dios, se regocijó... “(Hech. 11:23); por contraste, el salmista escribió que "ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley" (Sal. 19: 136). Igualmente, el cristiano siente vergüenza y dolor cuando está consciente de que ha defraudado a su Señor (Véase, por ejemplo, el Salmo 51, y Luc. 22:61s) y de tiempo en tiempo conoce el éxtasis del regocijo cuando Dios le hace ver de un modo o de otro la gloria del perdurable amor con que ha sido amado ("os alegráis con gozo inefable y glorioso" [1 Pedro 1: 8]). Este es el lado emocional y práctico de la amistad con Dios. Ignorar este aspecto significa que, por verdaderos que sean los pensamientos que el hombre tenga sobre Dios, en realidad no conoce aún al Dios en el cual está pensando.
LUEGO, TERCERO, el conocer a Dios es cuestión de gracia. Es una relación en la que la iniciativa, parte invariablemente de Dios -como debe serlo, por cuanto Dios está tan completamente por encima de nosotros y por cuanto nosotros hemos perdido completamente todo derecho a su favor al haber pecado. No es que nosotros nos hagamos amigos de Dios; Dios se hace amigo de nosotros, haciendo que nosotros lo conozcamos a él mediante el amor que él nos manifiesta. Pablo expresa este concepto de la prioridad de la gracia en nuestro conocimiento de Dios cuando escribe a los gálatas: “... ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios... “(Gál. 4:9). Lo que surge de esta expresión final es que el apóstol entiende que la gracia vino primero, y que sigue siendo el factor fundamental para la salvación de sus lectores. El que ellos conocieran a Dios era consecuencia del hecho de que Dios tomó conocimiento de ellos. Lo conocen a él por fe porque primeramente él los eligió por gracia.
"Conocer", cuando se emplea con respecto a Dios de esta manera, es un vocablo que expresa gracia soberana, que indica que Dios tomó la iniciativa de amar, elegir, redimir, llamar, y preservar. Es evidente que parte de lo que quiere decir es que Dios nos conoce plenamente, perfectamente, como se desprende del contraste entre nuestro conocimiento imperfecto de Dios y su conocimiento perfecto de nosotros en 1 Corintios 13: 22. Pero no es este el sentido principal. El significado principal surge de pasajes como los siguientes:
"Mas Jehová dijo a Moisés: Has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre" (Exo. 33: 17). "Antes que te formase en el vientre te conocí [Jeremías], y antes que nacieses te santifiqué" (Jer. 1: 5). "Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen y pongo mi vida por las ovejas... Mis ovejas oyen mi voz, y yo conozco... y no perecerán jamás" (Juan 10: 14ss., 27s).
Aquí el conocimiento que tiene Dios de los que son suyos esta asociado con sus planes de misericordia salvadora. Es conocimiento que comprende afecto personal, acción redentora, fidelidad al pacto, protección providencial, para con aquellos a quienes Dios conoce. Comprende, en otras palabras, la salvación, ahora y por siempre, como ya lo mas insinuado.
Lo que interesa por sobre todo, por lo tanto, no es en última instancia, el que yo conozca a Dios, sino el hecho más grande que está en la base de todo esto: el hecho de que él me conoce a mí. Estoy esculpido en las palmas de sus manos. Estoy siempre presente en su mente. Todo el conocimiento que yo tengo de él depende de la sostenida iniciativa de él de conocerme a mí. Yola conozco a él porque él me conoció primero, y sigue conociéndome. Me conoce como amigo, como uno que me ama; y no hay momento en e su mirada no esté sobre mí, o que su ojo se distraiga de mí; no hay momento, por consecuencia, en que su cuidado de mí flaquee.

Se trata de conocimiento trascendental. Hay un consuelo indecible -ese tipo de consuelo que proporciona energía, téngase presente, no el que enerva- en el hecho de saber que Dios toma conocimiento de mí en amor en forma constante, y que me cuida para bien. Produce un tremendo alivio el saber que el amor que me tiene es eminentemente realista, basado invariablemente en un conocimiento previo de lo peor que hay en mí, de manera que nada de lo que pueda descubrir en cuanto a mí en adelante puede desilusionarlo, ni anular su decisión de bendecirme. Hay, por cierto, un gran motivo para la humildad en el pensamiento de que él ve todas las cosas torcidas que hay en mí y que los demás no ven (¡de lo cual me alegro!), y que él ve más corrupción en mí que la que yo mismo veo (pero lo que veo me basta). Pero hay, también, un gran incentivo para adorar y amar a Dios en el pensamiento de que, por alguna razón que no comprendo, él me quiere como amigo, que anhela ser mi amigo, y que ha entregado a su Hijo a morir por mí a fin de concretar este propósito. No podemos elaborar estos pensamientos aquí, pero el solo hecho de mencionados es suficiente para demostrar cuánto significa para nosotros el saber que Dios nos conoce a nosotros y no solamente que nosotros lo conocemos a él.

EL ÚNICO DIOS VERDADERO

I

¿Qué nos sugiere la palabra "idolatría"? ¿Salvajes arrastrándose frente a un pilar totémico? ¿Estatuas de rostro cruel y severo en los templos hindúes? ¿El baile derviche de los sacerdotes de Baal .alrededor del altar de Elías? Es indudable que estas cosas constituyen idolatría, nada más obvio; pero debemos tener presente que hay también formas más sutiles de idolatría.
Veamos lo que dice el segundo mandamiento: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la' tierra. No, te inclinarás a ellas, ni la honrarás; porque yo soy Jehová tu DIOS, fuerte, celoso (Exo. 20:4s). ¿A que se refiere este mandamiento?
Si estuviera aislado, sería natural suponer que se refiere a la adoración de imágenes de dioses distintos a Jehová -la idolatría babilónica, por ejemplo, que ridiculizó Isaías (Isa. 44:9ss; 46:1s), o el paganismo del mundo greca-romano de la época de Pablo, del que escribió él en Romanos 1:23,25, que "cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles ... cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador" Pero en el contexto en que se encuentra el segundo mandamiento no puede en realidad referirse a esta clase de idolatría, porque, si así fuera, no haría sino repetir el pensamiento expresado en el primer mandamiento sin agregar nada nuevo.
En consecuencia, entendemos que el segundo mandamiento -como se lo ha considerado siempre en realidad establece el principio de que (para citar a Charles Hodge) "la idolatría consiste no sólo en la adoración de dioses falsos sino también en la adoración del Dios verdadero por medio de imágenes". En su aplicación cristiana, esto significa que no hemos de hacer uso de representaciones visuales o pictóricas del Dios trino, ni de ninguna de las personas de la Trinidad, para fines de adoración. Por lo tanto el mandamiento se refiere, no al objeto de la adoración, sino al modo en que se realiza; lo que nos dice es que no se han de usar estatuas o figuras de Aquel a quien adoramos como ayudas para la adoración.
A primera vista podría parecer extraño que una prohibición de esta naturaleza se haya incluido como parte de los diez principios básicos de la religión bíblica, porque en un primer momento no parecería tener mayor sentido. ¿Qué peligro puede haber, nos preguntamos, en que el que adora se rodee de estatuas y figuras, si lo ayudan a elevar su corazón hacia Dios? Estamos acostumbrados a tratar la cuestión de si estas cosas deben usarse o no como algo que tiene que ver con el temperamento y los gustos personales. Sabemos que algunas personas tienen crucifijos y cuadros de Cristo en sus habitaciones, y ellas nos informan de que el acto de contemplar estos objetos las ayudan a centrar sus pensamientos en Cristo cuando oran. Sabemos que muchas personas sostienen que pueden ofrecer culto de adoración con más libertad y facilidad en las iglesias que están llenas de estos ornamentos que en las que están libres de dichos elementos. Y bien, decimos, ¿qué tiene eso de malo? ¿Qué daño pueden hacer estas cosas? Si a la gente realmente les resultan útiles, ¿qué-más podemos decir? ¿Qué sentido tiene prohibírselos? Frente a esta perplejidad, algunas personas sugieren que el segundo mandamiento se aplica únicamente a representaciones inmorales y degradantes de Dios, representaciones copiadas de los cultos paganos, y no a otra cosa.
Pero la misma fraseología del mandamiento en cuestión descarta una interpretación limitativa de esta naturaleza. Dios dice en forma muy categórica: "No te harás... ninguna semejanza... “para uso de culto. Este mandato categórico prohíbe no sólo el uso de figuras y estatuas que representen a Dios en forma de animal, sino también el uso de figuras y estatuas que lo representen como lo más excelso de la creación, es decir el hombre. Igualmente prohíbe el uso de figuras y estatuas de Jesucristo como hombre, si bien Jesucristo y sigue siendo Hombre; porque todas las figuras y estatuas se hacen necesariamente según la "semejanza" del hombre ideal como lo concebimos nosotros, y por lo tanto están sujetas a la prohibición que establece el mandamiento cuestión. Históricamente, los cristianos han sostenido distintos puntos de vista en cuanto a si el segundo mandamiento prohíbe el uso de figuras de Jesús para fines docentes (en clases de escuela dominical, por ejemplo), y la cuestión no es de fácil solución; pero no cabe duda alguna de e el mandamiento nos obliga a separar la adoración, tanto publica como privada, de las figuras y estatuas de Cristo, no como las figuras y estatuas del Padre.
Pero entonces, ¿cuál es el sentido de esta prohibición tan amplia? Si se considera el realce que se le da al mandamiento mismo, con la terrible sanción que la acompaña (la proclamación del celo de Dios, y de su severidad para castigar a transgresores), cabría suponer que se trata de un asunto crucial importancia. Pero, ¿lo es? La respuesta es que sí. La Biblia nos muestra que la gloria de Dios y el bienestar espiritual del hombre están ambos directamente vinculados con este asunto. Se nos presentan dos líneas de pensamiento que juntas nos explican ampliamente por qué dicho mandamiento tuvo que ser recalcado tan marcadamente. Dichas líneas de pensamiento se relacionan, no con la utilidad real o supuesta de las imágenes, sino con la fidelidad de las mismas. Son las siguientes:

1. LAS IMÁGENES DESHONRAN A DIOS, PORQUE EMPAÑAN SU GLORIA.

La semejanza de las cosas en el cielo (sol, luna, estrellas), y en la tierra (hombres, animales, aves, insectos), y en el mar (peces, mamíferos, crustáceos), no constituyen, justamente, una semejanza de su Creador. "Una imagen verdadera de Dios -escribió Calvino- no se ha de encontrar en todo el universo; y por ello se mancilla su gloria, y se corrompe su verdad con una mentira, cada vez que se nos la presenta a la vista en forma visible... Por lo tanto, concebir imágenes de Dios es ya un acto impío; porque con dicha corrupción su majestad resulta adulterada, y se la imagina como lo que no es." El punto aquí no es sólo que la imagen representa a Dios con cuerpo y miembros, cuando en realidad no tiene ninguna de las dos cosas. Si esto fuera la única razón para prohibir las imágenes, las representaciones de Cristo serían inobjetables. La cuestión cala mucho más hondo. El nudo de la cuestión de la objeción a las figuras y a las imágenes es el hecho de que inevitablemente esconden la mayor parte, si no toda, de la verdad acerca de la personalidad y el carácter del ser divino que se pretende representar.
A modo de ilustración: Aarón hizo un becerro de oro (es decir, una imagen en forma de toro). El propósito era hacer un símbolo visible de Jehová, ese Dios poderoso que había sacado a Israel de Egipto. No cabe duda de que la imagen tenía como fin honrar a Dios, como símbolo adecuado de su gran poder y fortaleza. Pero no es difícil ver que un símbolo de esta naturaleza en realidad es un insulto a la divinidad, pues, ¿qué idea de su carácter moral, de su justicia, bondad, paciencia, puede colegirse de la contemplación de una estatua de Dios concebido como un toro? En consecuencia la imagen de Aarón escondía la gloria de Jehová. De modo semejante, la compasión que inspira el crucifijo empaña la gloria de Cristo, porque oculta el hecho de su deidad, de su victoria en la cruz, y de su reinado presente. El crucifijo nos habla de su debilidad humana, pero esconde su fortaleza divina; habla de la realidad de su dolor, pero esconde de nuestra visión la realidad de su gozo y de su poder. En estos dos casos, el símbolo resulta indigno principalmente por lo que deja de evidenciar. Y así son todas las representaciones visibles de la Deidad.
Cualquiera sea nuestro concepto del arte religioso desde un punto de vista cultural, no debiéramos contemplar las representaciones de Dios en busca de su gloria a fin de que nos muevan a la adoración; porque su gloria consiste precisamente en aquello que dichas representaciones jamás pueden mostramos. Es por esto que Dios agregó al segundo mandamiento una referencia a sí mismo describiéndonos como "celoso" para vengarse de quienes lo desobedecen en esto: porque el "celo" de Dios en la Biblia consiste en su celo por mantener incólume su propia gloria, gloria que resulta empañada cuando se emplean imágenes con fines de adoración. En Isaías 40: 18, después de declarar vívidamente la inmensurable grandeza de Dios, la Escritura nos pregunta: "¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, qué imagen le compondréis?" Ante esta pregunta no se considera una respuesta sino solamente un respetuoso silencio. Su objeto es recordamos que es tan absurdo como impío pensar que una imagen, modelada, como han de serlo forzosamente las imágenes, en copia de alguna criatura, pudiera constituir una semejanza aceptable del Creador.
Pero esta no es la única razón por lo cual nos está prohibido emplear imágenes en el culto de adoración.

2. LAS IMÁGENES ENGAÑAN A LOS HOMBRES.

Sugieren ideas falsas acerca de Dios. La forma inadecuada en que lo representan pervierte nuestros pensamientos sobre él, e imprime a la mente errores de todo tipo en cuanto a su carácter y su voluntad. Aarón, al hacer una imagen de Dios en forma de un becerro, llevó a los israelitas a pensar que Dios era un ser que podía ser adorado en forma aceptable con frenético libertinaje. Por consiguiente la "fiesta para Jehová" que organizó Aarón (Exo. 32: 5) se transformó en una vergonzosa orgía. Igualmente constituye un hecho histórico el que el empleo del crucifijo como elemento auxiliar para la oración ha llevado a que muchas personas confundiesen la devoción con el acto de reflexionar melancólicamente sobre los sufrimientos corporales de Cristo; ha conducido a que se volvieran morbosos acerca del valor espiritual del dolor físico, y ha impedido que adquiriesen un conocimiento adecuado del Salvador resucitado.
Estos ejemplos nos muestran la forma en que las imágenes pueden falsear la verdad de Dios en la mente del hombre. Psicológicamente, es evidente que si nos habituamos a centrar los pensamientos en una imagen o en una figura de aquel a quien vamos a dirigir la oración, eventualmente llegaremos a pensar en él en términos de la representación que nos ofrece dicha imagen, y a orar en igual sentido. Por ello podemos decir que en este sentido nos "inclinamos" y "adoramos" la imagen; y en cuanto la imagen no es una representación fiel de Dios, nuestra adoración adolecerá del mismo defecto. Es por ello que Dios prohíbe que hagamos uso de imágenes y figuras en el culto.
II
El comprender que las imágenes y las figuras de Dios afectan nuestro concepto de Dios pone de manifiesto otro aspecto al que tiene aplicación la prohibición del segundo mandamiento. Así como nos prohíbe que fabriquemos imágenes fundidas de Dios, también nos prohíbe que concibamos imágenes mentales antojadizas de él. El acto de imaginamos cómo es puede constituir infracción del mandamiento segundo tanto como la imagen que nos proporciona la obra de nuestras manos. Con cuánta frecuencia se oye decir frases como éstas: "Me gusta pensar en Dios como el gran Arquitecto (o Matemático, o Artista)". "Yo no pienso en Dios como Juez; me gusta pensar en él simplemente como Padre." Por experiencia sabemos que afirmaciones de esta clase constituyen el preludio a una negación de algo que la Biblia nos dice acerca de Dios. Se hace necesario decir con la mayor firmeza posible que quienes se sienten libres para pensar en Dios como a ellos les gusta están quebrantando el segundo mandamiento. Cuando más, sólo pueden pensar en Dios en la figura de un hombre -el hombre ideal, tal vez, o el superhombre. Pero Dios no es ninguna clase de hombre. Nosotros fuimos hechos a su semejanza, pero no debemos pensar que él existe en la semejanza nuestra. Pensar en Dios en tales términos es ser ignorantes de Dios, todo lo contrario de conocerle. Toda teología especulativa que descanse sobre el razonamiento filosófico, más bien que en la revelación bíblica, falla en este punto. Pablo nos indica dónde va a parar este tipo de teología: "El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría" (1 Cor. 1:21). Para permanecer ignorantes de Dios no hay más que seguir la imaginación del corazón en el campo de la teología. Así también nos haremos adoradores de imágenes -en este caso la imagen lo constituye una falsa imagen mental de Dios, "que para vosotros han hecho" .mediante la imaginación y la especulación.
A la luz de lo dicho, el propósito positivo del segundo mandamiento se hace claro. En lo negativo, se trata de una advertencia contra las formas de adoración y práctica religiosas que llevan a deshonrar a Dios y a falsear su verdad. En lo positivo constituye un llamado a que reconozcamos que Dios el Creador es trascendente, misterioso, e inescrutable, que está más allá de la imaginación humana y de toda especulación filosófica, y -por ende un llamado a que nos humillemos, a que escuchemos su voz y aprendamos de él, y a que permitamos que él mismo nos enseñe cómo es y en qué forma debemos pensar en él. "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos -nos dice, ni vuestros caminos mis caminos... Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isa. 55:8s).
Pablo se expresa en el mismo tenor: "¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor?" (Rom. 11:33s).
La persona de Dios no es como la nuestra; su sabiduría, sus propósitos, su escala de valores, su modo de proceder, difieren tan bastamente de los mismos elementos en nosotros que no podemos ni remotamente imaginároslos intuitivamente o inferirlos por analogía con nuestra noción del hombre ideal. No podemos conocer a Dios a menos que él mismo nos hable y nos diga cómo es. Que es justamente lo que ha hecho. Les ha hablado a sus profetas y a nosotros por medio de los profetas y apóstoles, como también en las palabras y los hechos de su propio Hijo. Mediante dicha revelación, que está a nuestra disposición en la Sagrada Escritura, podemos formamos una noción correcta de Dios; sin ella jamás podremos. Por lo tanto parecería que en lo positivo la fuerza del segundo mandamiento está en que nos obliga a tomar nuestros conceptos de Dios de su propia Palabra, y no de otra fuente, cualquiera que sea.
Este es el aspecto positivo del mandamiento, lo cual se desprende con claridad de la forma misma en que está expresado. Habiendo prohibido la manufactura y la adoración de imágenes, Dios se declara "celoso" para castigar, no a los adoradores de imágenes en sí sino a todos los que lo aborrecen, en el sentido de que no tienen en cuenta sus mandamientos en general. En el contexto, lo más natural y lo que se espera sería una amenaza dirigida directamente a los que usan imágenes; ¿por qué es que, en cambio, la amenaza de Dios tiene aplicación general? Seguramente esto es así para que comprendamos que quienes se hacen de imágenes y se valen de ellas para el culto, y como consecuencia derivan de ellas inevitablemente su teología, de hecho tenderán a descuidar la voluntad revelada de Dios en los demás aspectos también. Quien se asocia a las imágenes no ha aprendido aún a amar la Palabra de Dios ni a prestarle atención. Los que se acercan a imágenes hechas por hombres, ya sean materiales o mentales, para que ellas los conduzcan a Dios difícilmente toman con la debida seriedad la revelación divina.
En Deuteronomio 4 Moisés mismo proclama la prohibición de las imágenes en el culto siguiendo exactamente las mismas líneas, oponiendo la fabricación de imágenes al acto de atender a la palabra y los mandamientos de Dios, como si estas dos cosas se excluyesen mutuamente. Le recuerda al pueblo que en Sinaí, si bien tuvieron pruebas de la presencia de Dios, no hubo representación visible de su persona, sino que escucharon su palabra, y los exhorta a que sigan viviendo al pie del monte, por así decirlo, donde la misma palabra de Dios pueda sonar en sus oídos directamente y donde no haya supuestas imágenes ante sus ojos para distraerlos.
La enseñanza está clara. Dios no les mostró un símbolo visible de sí mismo, sino que les habló; por lo tanto no deben ahora buscar símbolos visibles de Dios, sino sencillamente dedicarse a obedecer su palabra. Si se argumenta que Moisés tenía miedo de que los israelitas tomasen diseños de imágenes de las naciones idólatras que los rodeaban, nuestra respuesta es la de que indudablemente tenía ese temor, y esto es justamente la cuestión: todas las imágenes de Dios que el hombre pueda hacer, ya sean fundidas en metal o mentales, constituyen en realidad copias de lo que ofrece un mundo pecador e impío, y por consiguiente no pueden menos que ser contrarias a lo que establece la Santa Palabra de Dios. El que hace una imagen de Dios adopta para ello los conceptos que le ofrece una fuente humana, más bien que lo que Dios mismo dice acerca de sí mismo; y esto es precisamente lo que está mal.
III
El interrogante que se nos presenta como consecuencia de la línea de pensamiento que venimos siguiendo a este: ¿hasta qué punto guardamos el segundo mandamiento? Desde luego que no hay imágenes de toros en las iglesias a las que concurrimos, y probablemente no tengamos un crucifijo en la casa (aunque es posible que tengamos algunos cuadros de Cristo en las paredes, sobre cuyo destino tendríamos que volver a pensar); pero ¿estamos seguros de que el Dios que procuramos adorar es el Dios de la Biblia, el Jehová de la Trinidad? ¿Adoramos al único Dios verdadero tal como él es? ¿O son nuestras ideas en cuanto a Dios tales que en realidad no creemos en el Dios cristiano, sino en alguna deidad diferente como los musulmanes, los judíos, o los testigos de Jehová, que no creen en el Dios cristiano, sino en otro distinto?
Me dirán: ¿cómo puedo saberlo? Pues bien, he aquí la prueba. El Dios de la Biblia ha hablado por su Hijo. La luz del conocimiento de su gloria aparece en el rostro de Jesucristo. ¿Acostumbro a contemplar la persona y la obra del Señor Jesucristo a fin de ver en ellas la verdad última en cuanto al carácter y la gracia de Dios? Al contemplar a Cristo, ¿veo centrados en él todos los propósitos y planes de Dios?

Si he podido ver todo esto, y si he podido con la mente y con el corazón acudir al Calvario y allí hacer mía la solución que me ofrece el Calvario, puedo entonces saber que en verdad rindo culto de adoración al Dios verdadero, que él es mi Dios, y que desde ya disfruto de la vida eterna, según la definición del propio Señor: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17:3).

DIOS ENCARNADO

I

No es de sorprender que a la persona que piensa le resulte difícil creer el evangelio de Jesucristo, porque las realidades a que se refiere sobrepasan el entendimiento humano. Pero también resulta triste que muchas personas hagan que la fe sea más difícil de lo que debe serlo, porque encuentran dificultades donde no debiera haberlas.
Tomemos la expiación, por ejemplo. Para muchos constituye una piedra de tropiezo. ¿Cómo, dicen, podemos aceptar que la muerte de Jesús de Nazaret -un solo hombre que muere en un patíbulo romano- sirva para remediar los pescados del mundo? ¿Cómo puede ser que esa muerte tenga el efecto de que Dios perdone nuestros pecados en el día de h<:>y? O tomemos la resurrección, que para muchos también constituye piedra de tropiezo. ¿Cómo, se pregunta, podemos creer que Jesús se levantó físicamente de la muerte? Aceptamos que sea difícil negar que la tumba quedara vacía, pero, ¿acaso no es más difícil todavía creer que Jesús emergió de ella para iniciar una vida corporal sin fin? ¿Acaso no es más fácil dar crédito a cualquier versión de la teoría de la resurrección temporaria como consecuencia de un desmayo, o el robo del cuerpo, que a la doctrina cristiana de la resurrección? O tomemos el nacimiento virginal, doctrina que ha sido ampliamente rechazada en círculos protestantes en el presente siglo. ¿Cómo, preguntan algunos, podemos aceptar semejante anormalidad biológica? Tomemos los milagros del evangelio; para muchos esto también constituye un escollo insalvable. Llegan a aceptar que Jesús sanaba (resulta difícil, dadas las evidencias disponibles, dudar de esto, y de todos modos la historia conoce casos de otras personas que han realizado curaciones milagrosas); ¿cómo, empero, se puede creer que Jesús caminaba sobre el agua, o que alimentó a los cinco mil, o que levantaba a los muertos? Relatos como estos serían por demás fantasiosos. Ante estos problemas y otros semejantes, muchas personas que están al borde de la fe se sienten profundamente perplejas en el día de hoy.
Pero en realidad la verdadera dificultad no está en estos aspectos en absoluto, porque no es en ellos que el evangelio nos enfrenta con el misterio supremo. La dificultad radica, no en el mensaje de expiación del viernes santo, ni en el mensaje de la resurrección de la pascua, sino en el mensaje de la encarnación de la navidad. La afiliación cristiana realmente asombrosa es la de que Jesús de Nazaret era Dios hecho hombre: que la segunda persona de la Deidad es el "segundo hombre" (1 Cor. 15:47), con lo cual quedó decidido el destino de la humanidad; segunda cabeza representativa de la raza, que adoptó la humanidad sin perder la deidad, de modo que Jesús de Nazaret era tan completa y realmente divino como lo fue humano. He aquí dos misterios al precio de uno solo: la pluralidad de personas dentro de la unidad de Dios, y la unión de la Deidad y la humanidad en la persona de Jesús. Es aquí, en lo que aconteció en esa primera navidad, donde yacen las profundidades más grandes y más inescrutables de la revelación cristiana. "El Verbo fue hecho carne" (Juan 1: 14); Dios se hizo hombre; el Hijo divino se hizo judío; y el Todopoderoso apareció en la tierra en forma de un niño indefenso, incapaz de hacer otra cosa que estar acostado en una cuna, mirando sin comprender, haciendo los movimientos y ruidos característicos de un bebé, necesitado de alimento y de toda la atención del caso, y teniendo que aprender a hablar como cualquier otro niño. Y en todo esto no hubo ilusión ni engaño en absoluto: la infancia del Hijo de Dios fue una absoluta realidad. Cuanto más se piensa en todo esto, tanto más asombroso resulta. La ficción no podría ofrecernos algo tan fantástico como lo es esta doctrina de la encarnación.
En esto reside la verdadera piedra de tropiezo del cristianismo. Es en este punto en el que han naufragado los judíos, los musulmanes, los unitarios, los Testigos de Jehová, como también muchos de los que experimentan las dificultades enumeradas más arriba (el nacimiento virginal, los milagros, la expiación, y la resurrección). Las dificultad surgen en relación con otras cuestiones relativas al evangélico generalmente nacen de una creencia inadecuada o de la falta de fe en la encarnación. Pero una vez acepta plenamente la realidad de la encarnación, las dificultades se disuelven.
Si Jesús no hubiese sido más que un hombre santo, sumamente notable, las dificultades para creer lo que el Nuevo Testamento nos dice acerca de su vida y de su obra serían realmente gigantescas. Empero, si Jesús es la misma persona que la Palabra eterna, el agente del Padre en la creación, "por medio de quien también hizo el universo" (Heb. 1.2), ya no resulta asombroso que nuevos actos de poder creativo señalaran su venida al mundo, su vida en él, y su alejamiento del mismo. No resulta extraño que él, el autor de la vida, se levantase de la muerte. Si realmente era el Hijo de Dios, resulta mucho más asombroso que tuviera que morir y no que volviera a vivir. "¡Es todo un misterio! Que el inmortal muriese", escribió Wesley; pero en la resurrección del Inmortal ya no hay misterio comparable. Y si la inmortal Bija de Dios realmente se sometió a la muerte, no es extraño que semejante muerte pueda tener significación salvadora para una raza condenada. Una vez que aceptamos que Jesús era divino, se torna irrazonable descubrir dificultad en estas cosas; es todo parte de una misma cosa, forma parte de una sola unidad. La encarnación constituye en sí misma un misterio insondable, pero le da sentido a todo lo demás en el Nuevo Testamento.
II
Los evangelios de Mateo y Lucas nos dicen en forma bastante detallada cómo vino a este mundo el Hijo de Dios. Nació fuera de un pequeño hotel en una oscura villa judaica en la época del gran imperio romano. En general tendemos a embellecer el relato cuando lo contamos Navidad tras Navidad, cuando en realidad es más bien un relato brutal y cruel. La razón por la cual Jesús no nació en el hotel es la de que estaba lleno y nadie le ofreció una cama a la mujer que estaba por dar a luz, por lo cual tuvo que tener su bebé en el establo, y colocado en el pesebre. El relato es desapasionado y no lleva comentario, pero el lector atento no puede menos que temblar ante el cuadro de degradación e insensibilidad que se nos pinta. Con todo, los evangelistas no relatan la historia con el fin de que saquemos de ella lecciones morales. Para ellos lo importante del relato no está en las circunstancias del nacimiento (salvo en el sentido de que constituía el cumplimiento de la profecía, ya que tuvo lugar en Belén: Véase Mateo 2: 1-6), sino más bien en la identidad del niño. En relación con esto el Nuevo Testamento afirma dos cosas. Nosotros ya las hemos indicado; considerémoslas ahora en mayor detalle.

1. EL NIÑO QUE NACIÓ EN BELÉN ERA DIOS.

Más precisamente, para decirlo en el lenguaje bíblico, era el Hijo de Dios, o, como lo expresa invariablemente la teología cristiana, Dios Hijo. El Hijo, nótese, no un Hijo: como lo dice cuatro veces Juan en los tres primeros capítulos de su evangelio, con el fin de asegurarse de que sus lectores comprendan cabalmente el carácter único de Jesús, era el "unigénito Hijo de Dios" (Véase Juan 1: 14,18; 3:16,18). Consiguientemente, la iglesia cristiana confiesa: "Creo en Dios Padre... y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor".
Los apologistas cristianos a veces hablan como si la afirmación de que Jesús es el unigénito Hijo de Dios fuese la respuesta completa y definitiva a todos los interrogantes relativos a su identidad. Pero no puede serio, porque la frase misma da lugar a otros interrogantes, y a su vez se presta fácilmente a confusiones. ¿Significa la aseveración de que Jesús es el Hijo de Dios que en realidad hay dos dioses? ¿Es entonces el cristianismo una religión politeísta, como sostienen tanto judíos como mahometanos? La frase "Hijo de Dios", ¿implica que Jesús, si bien ocupa un lugar aparte entre los seres creados, no era en sí mismo divino en el mismo sentido en que lo es el Padre? En la iglesia primitiva los arrianos sostenían esta doctrina, y en los tiempos modernos la han adoptado los unitarios, los testigos de Jehová, los cristadelfos, y otros. ¿Tienen razón? ¿Qué quiere decir la Biblia realmente cuando llama Hijo de Dios a Jesús?
Preguntas de este tipo son las que han tenido perplejas a muchas personas, pero el Nuevo Testamento en realidad no nos deja con dudas en cuanto a la forma de responder a ellas. En principio, el apóstol Juan hizo todas estas preguntas y las resolvió en conjunto en el prólogo a su evangelio. Escribía, según parece, para lectores de extracción tanto judía como griega. Conforme a lo que él mismo nos dice, escribió a fin de que "creáis que Jesús es... el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre" (Juan 20:31). En su evangelio nos presenta a Jesús como el Hijo de Dios. Juan sabía que la frase "Hijo de Dios" estaba teñida de asociaciones incorrectas en la mente de sus lectores. La teología judaica la empleaba como título para el Mesías (humano) que esperaban. La mitología griega mencionaba muchos "hijos de los dioses", superhombres nacidos de la unión entre un dios y una mujer. En ninguno de estos casos, sin embargo, tenía la frase de referencia el sentido de deidad personal; antes bien, en ambos casos, está excluido dicho sentido. Juan quería estar seguro de que cuando escribía acerca de Jesús como el Hijo de Dios no habría de ser entendido mal, es decir que no se iban a tomar sus palabras en el sentido griego y judío que acabamos de mencionar, y a fin de dejar claramente establecido desde el comienzo que el carácter de Hijo que Jesús se arrogaba, y que le atribuían los cristianos, era precisamente cuestión de deidad personal y nada inferior a eso. De allí su famoso prólogo (Juan 1: 1-18). La Iglesia de Inglaterra lo lee todos los años como el evangelio para el día de la Navidad, y con toda razón. En ninguna otra parte del Nuevo Testamento se explica con tal claridad la naturaleza y el significado del carácter filial divino de Jesús.
Véase la forma cuidadosa y concluyente en que Juan expone su tema. El término "Hijo" no aparece para nada en las primeras frases; en cambio habla primeramente del Verbo (la Palabra). No había peligro de que este vocablo fuese mal entendido; los lectores del Antiguo Testamento lo reconocerían de inmediato. La Palabra de Dios en el Antiguo Testamento es su expresión creadora, su poder en acción para cumplir su propósito. El Antiguo Testamento representa la expresión verbal de Dios, la expresión misma de su propósito, como si tuviese poder en sí misma para llevar a cabo el propósito expresado. Génesis 1 nos enseña que en la creación, "dijo Dios: Sea... y fue... “(Gén. 1: 3). "Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos... él dijo, y fue hecho" (Sal. 33:6,9). El Verbo de Dios es, por lo tanto, Dios obrando.
Juan retorna esta figura y procede a decimos siete cosas acerca del Verbo Divino.
(A).  "En el principio era el Verbo" (v. 1). He aquí la eternidad del Verbo. No tenía principio en sí mismo; cuando las demás cosas comenzaron, él ya era.
(B) "Y el Verbo era con Dios" (v. 1). He aquí la personalidad del Verbo. El poder que lleva a cabo los propósitos de Dios es el poder de un ser personal concreto, que se encuentra en una relación eterna de comunión activa para con Dios (esto es lo que significa la frase en cuestión).
(C) "Y el Verbo era Dios" (v. 1). He aquí la deidad del Verbo. Si bien distinto del Padre en persona, no es una criatura; es divino en sí mismo como lo es el Padre. El misterio con el cual nos enfrenta este versículo es por lo tanto el misterio de las distinciones personales dentro de la unidad de la Deidad.
(D) "Todas las cosas por él fueron hechas" (v. 3). He aquí el Verbo en función creadora. Es él el agente del Padre en todo acto creador que el Padre haya realizado jamás. Todo lo que ha sido hecho ha sido hecho por medio de él. (Aquí, incidentalmente, tenemos pruebas adicionales de que él, el Hacedor, no pertenece a la clase de las cosas creadas, como tampoco el Padre.)
(E) "En él estaba la vida" (v. 4). He aquí el Verbo vivificando. No hay vida física en el ámbito de las cosas creadas salvo en y a través de él. Aquí está la respuesta bíblica al problema del origen y la continuidad de la vida, en todas sus formas: la vida la da y la mantiene el Verbo. Las cosas creadas no tienen vida en sí mismas, sino que tienen vida en el Verbo, la segunda persona de la Deidad.
(F) "Y la vida era la luz de los hombres" (v. 4). He aquí el Verbo en función reveladora. Al dar vida, da también luz; vale decir que todo hombre recibe intimaciones de Dios por el hecho de estar vivo en el mundo de Dios, y esto, tanto como el hecho de que está vivo, se debe a la obra del Verbo.
(G) "Y aquel Verbo fue hecho carne" (v. 14). He aquí el Verbo encarnado. El niño en el pesebre de Belén era nada menos que el Verbo eterno de Dios.
Luego, habiéndonos mostrado quién es y lo que es el Verbo -persona divina, autor de todas las cosas- Juan nos da su identificación. La encarnación, nos dice, fue la revelación de que el Verbo es el Hijo de Dios. "Vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre" (v. 14). Esta identificación recibe confirmación en el versículo 18: "El unigénito Hijo, que está en el seno del Padre... "De este modo Juan llega al punto adonde quería arribar desde el primer momento. A esta altura ha dejado claramente establecido lo que se quiere decir cuando a Jesús se le llama Hijo de Dios. El Hijo de Dios es el Verbo de Dios; vemos lo que es el Verbo (la Palabra); pues bien, eso mismo es lo que es el Hijo. Tal el mensaje del prólogo de Juan.
Así pues, cuando la Biblia proclama a Jesús como el Hijo de Dios, la declaración lleva el propósito de afirmar su definida deidad personal. El mensaje de la Navidad descansa en el hecho sorprendente de que el niño en el pesebre era Dios. Pero lo que hemos dicho no es más que la mitad de la historia completa.

2. EL NIÑO QUE NACIÓ EN BELÉN ERA DIOS HECHO HOMBRE

El Verbo se había hecho carne: un ser humano real y verdadero. No había dejado de ser Dios; no era menos Dios entonces que antes; pero había comenzado a hacerse hombre. No era ahora Dios menos algunos elementos de su deidad, sino Dios más todo lo que había hecho suyo al tomar sobre sí la humanidad. Aquel que había hecho al hombre estaba ahora probando lo que era ser hombre. Aquel que hizo al ángel que se convirtió en diablo se encontraba ahora en un estado en que podía ser tentado - más aun, no podía evitar el ser tentado por el diablo; la perfección de su vida humana la logró luchando contra el diablo. La Epístola a los Hebreos, elevando la vista a él en su gloria después de la ascensión, deriva gran consuelo de este hecho. "Debía ser en todo semejante a sus hermanos... pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados." "No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro" (Heb. 2: 17s; 4: 15s).
El misterio de la encarnación es realmente insondable.
No lo podemos explicar; sólo podemos formularlo. Quizá no haya sido formulado nunca mejor que en las palabras del Credo de Atanasio. "Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y hombre;... perfecto Dios, y perfecto hombre: ... el que si bien es Dios y hombre: sin embargo no es dos, sino un Cristo; uno, no por la conversión de la Deidad en carne: sino al tomar de la humanidad e incorporarla en Dios."
Más allá no puede ir nuestra mente. Lo que vemos en el pesebre es, en las palabras de Charles Wesley, a "nuestro Dios circunscrito a un espacio; hecho incomprensiblemente hombre". Incomprensiblemente -conviene que recordemos esto, que rechacemos la especulación, y que adoremos con espíritu de aceptación gozosa.
III
¿En qué forma hemos de tomar la encarnación? El Nuevo Testamento no nos propone que nos dediquemos a cavilar sobre los problemas físicos y psicológicos que ella plantea, sino que adoremos a Dios por el amor que en ella se nos ha mostrado... Porque se trata de un gran acto de condescendencia y de anonadamiento. "Aunque él tenía la naturaleza de Dios -escribe Pablo- no quiso insistir en conservar su derecho de ser igual a Dios, sino que dejó a un lado lo que era suyo y tomó la naturaleza de siervo, al nacer como hombre y cuando tenía la forma de hombre, se humilló y por su obediencia fue a la muerte, aunque en la muerte vergonzosa de la Cruz [la 'de un criminal común'  Phillips]" (Fil. 2: 6). Y todo esto fue para nuestra salvación.
Los teólogos a veces han considerado la posibilidad de que la encarnación haya tenido como fin originalmente, y fundamentalmente, perfeccionar el orden creado, y que su significación redentora fue, por decirlo así, un recurso agregado posteriormente por Dios; pero, como ha insistido correctamente James Denney, "el Nuevo Testamento no conoce una encarnación que pueda definirse aparte de su relación con la expiación ... El Calvario, y no Belén, es el centro de la revelación, y toda elaboración del cristianismo que olvide o niegue esto distorsiona al cristianismo, sacándolo fuera de foco" (The Death 0f Christ, 1902, p. 235). La significación crucial de la cuna de Belén radica en el lugar que ocupa en la secuencia de pasos que condujeron al Hijo de Dios a la cruz del Calvario, y no podemos entender el mensaje a menos que lo veamos en dicho contexto. El versículo clave del Nuevo Testamento para interpretar la encarnación no es, por consiguiente, la afirmación lisa y llana que aparece en Juan 1: 14 - "aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" - sino, más bien, la afirmación más amplia de II Corintios 8:9: "ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos". Aquí se expresa, no sólo el hecho de la encarnación sino también su significado; aquí se nos explica que el que el Hijo haya tomado nuestra humanidad es la forma en que debemos considerarla y tenerla siempre presente -no simplemente como una maravilla de la naturaleza sino más bien como una sorprendente maravilla de la gracia.
IV
A esta altura, no obstante, debemos detenernos para considerar un uso diferente que algunos hacen de los versículos de Pablo que acabamos de citar. En Filipenses 2:7 la frase traducida en la Versión Popular como "dejó a un lado lo que era suyo" y por la versión Reina- Valera revisada como "se despojó a sí mismo" es, literalmente, "se vació de sí mismo". ¿Acaso esto (se pregunta), juntamente con la declaración en II Corintios 8: 9 de que Jesús "se hizo pobre", no arroja alguna luz sobre el carácter de la encarnación misma? ¿No implica acaso que al hacerse hombre hubo alguna medida de reducción de la deidad del Hijo?
Esta es la teoría denominada del kenosis, palabra griega que significa "vaciamiento". La idea que la inspira en todas sus formas es la de que, a fin de ser plenamente hombre, el Hijo tuvo que renunciar a algunas de sus cualidades divinas, porque de otro modo no habría podido compartir la experiencia de verse limitado por el espacio, el tiempo, el grado de conocimiento, y el grado de conciencia, todo lo cual forma parte esencial de la vida verdaderamente humana. Esta teoría ha sido formulada de diferentes maneras. Algunos han sostenido que el Hijo abandonó únicamente sus atributos "metafísicos" (la omnipotencia, la omnipresencia, y la omnisciencia) pero que retuvo los atributos "morales" (la justicia, la santidad, la verdad, etc.); otros han sostenido que cuando se hizo hombre renunció a todos sus poderes específicamente divinos, y a su autoconciencia divina también, si bien en el transcurso de su vida terrena volvió a adquirir este último atributo.
En Inglaterra, la teoría del kenosis apareció por primera vez en labios del obispo Gore en 1889 para explicar por qué nuestro Señor ignoraba lo que la alta crítica del siglo 33 diecinueve creía saber sobre los errores del Antiguo Testamento. La tesis de Gore era la de que al hacerse hombre el Hijo hizo abandono de su conocimiento divino en cuanto a los hechos históricos, si bien retuvo la infalibilidad divina en cuanto a cuestiones morales. En el campo de los hechos históricos, sin embargo, estaba limitado a las ideas judaicas corrientes, las que aceptó sin discusión, sin saber que no todas eran acertadas. De ahí su tratamiento del Antiguo Testamento como verbalmente inspirado y enteramente fidedigno, y su afirmación de que el Pentateuco pertenecía a Moisés y el Salmo 110 a David -puntos de vista que para Gore resultaban inaceptables. Muchos son los que han seguido a Gore en este aspecto, en busca de justificación para no aceptar la estimación que hizo Cristo del Antiguo Testamento.
Pero la teoría del kenosis es inaceptable. Porque, en primer lugar, se trata de especulación a la que no dan el menor apoyo los textos que se citan a su favor. Cuando Pablo dice que el Hijo se vació de sí mismo y se hizo pobre, lo que quiere decir, como lo demuestra el contexto en cada caso, es que hace a un lado, no sus atributos y poderes divinos, sino su gloria y su dignidad divinas, "aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese", como lo expresa Cristo en su gran oración sacerdotal (Juan 17: 5). La traducción que hacen la Versión Popular y la de Reina-Valera de Filipenses 2: 7 son interpretaciones correctas del significado paulino. No existe apoyo escriturario alguno para la idea de que el Hijo hiciese abandono de ningún aspecto de su deidad.
Además, la teoría mencionada ofrece problemas propios grandes e insolubles. ¿Cómo podemos decir que el hombre Cristo Jesús era plenamente Dios, si le faltaban algunas de las cualidades de la deidad? ¿Cómo podemos decir que reveló perfectamente al Padre, si algunos de los poderes y atributos del Padre no estaban en él? Más todavía, si, como lo supone la teoría, la humanidad real resultaba incompatible con una deidad plena en la tierra, seguramente que ha de serlo también en el cielo; de modo que se sigue que "el hombre de la gloria" ha perdido algunos de sus poderes divinos para toda la eternidad. Si, como reza el Artículo Anglicano, "la Deidad y la Humanidad fueron unidas en una sola persona" en la encarnación "para no ser separadas jamás", parecería resultar ineludible, con esta teoría, reconocer que en la encarnación la deidad del Hijo hizo claudicación de ciertos atributos divinos, para no recuperarlos jamás. Mas el Nuevo Testamento es claro y definitivo en cuanto a la omnipotencia, la omnipresencia, y la omnisciencia del Cristo resucitado (Mat. 28: 18; Juan 21: 17; Efe. 4: 10). Mas si, frente a esto, los que sostienen la teoría del kenosis negasen que dichos atributos son incompatibles con la humanidad real en el cielo, ¿qué razón pueden aducir para creer que dicha incompatibilidad existía en la tierra?
Más todavía, el uso que hace Gore de esta teoría para justificar el hecho de que considera equivocada parte de la enseñanza de Cristo, mientras que sostiene la autoridad divina de lo demás, no resulta aceptable. Cristo afirmó en términos absolutos y categóricos que toda su enseñanza era de Dios: que nunca fue otra cosa que el mensajero de su Padre. "Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió", "según me enseñó el Padre, así hablo", "yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho" (Juan 7; 16; 8:28; 12:49). Se declaró a sí mismo "hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios" (Juan 8:40).
Frente a estas declaraciones no quedan sino dos caminos: o las aceptamos, y asignamos   plena autoridad divina a todo lo que Jesús enseñó, incluyendo aquí sus declaraciones sobre la inspiración y la autoridad del Antigua Testamento., o bien las rechazamos y ponemos en tela de juicio la autoridad divina de su enseñanza en todos sus aspectos. Si Gore realmente deseaba sostener la autoridad de la enseñanza moral y espiritual de Jesús, no debiera haber cuestionado su autoridad con respecto al Antiguo Testamento.; si, par otro lado, quería a toda costa discrepar con Jesús en lo del Antiguo Testamento, hubiera debido ser consecuente, y en ese caso tendría que haber adoptado el criterio de que, ya que la declaración de Jesús acerca de su enseñanza no puede aceptarse tal cual está, no tenemos ninguna obligación de estar de acuerdo con lo que dijo. Si se utiliza la teoría del kenosis para el fin que quiso darle Gore, resulta excesiva: demuestra que Jesús, al haber renunciado a su conocimiento divino, era totalmente falible, y que cuando afirmó que toda su enseñanza venía de Dios se estaba engañando a sí mismo y a los demás. Si queremos sostener la autoridad divina de Jesús como maestro, siguiendo su propia declaración, tenemos que rechazar la teoría del kenosis, o por lo menos debemos rechazar esta aplicación de la misma.
Por lo demás, los relatos evangélicos mismos ofrecen pruebas contra la teoría del kenosis. Es cierto que el conocimiento que tenía Jesús tanto de cuestiones humanas como divinas era limitado. Ocasionalmente pide información: "¿Quién ha tocado mis vestidos?" "¿Cuántos panes tenéis?" (Mar. 5: 30; 6: 38). Declara que comparte la ignorancia de los ángeles en cuanto al día en que ha de volver (Mar. 13:32). Pero en otros momentos dio muestras de poseer conocimiento sobrenatural. Conoce el pasado oscuro de la mujer samaritana (Juan 4: 17 s). Sabe que cuando Pedro salga a pescar, el primer pez que tome tendrá una moneda en la boca (Mat. 17: 27). Sabe, sin que se le diga, que Lázaro está muerto (Juan 11: 11-13). De igual modo, de tanto en tanto despliega un poder sobrenatural al realizar milagros de curación, de provisión de alimentos, de resucitación de muertos. La impresión que de Jesús dan los evangelios no es la de que estuviera totalmente desprovisto de conocimiento y poderes divinos, sino de que se valía de ambos en forma intermitente, mientras que buena parte del tiempo se contentaba con no hacerla. La impresión, en otras palabras, no es tanto la de una deidad limitada, sino la de que se refrenaba en el uso de sus capacidades divinas.
¿Cómo hemos de explicar esta restricción? En términos, sin duda, de la verdad que tanto predica el evangelio de Juan en particular, es decir, la entera sumisión del Hijo a la voluntad del Padre. Parte del misterio revelado sobre la Deidad es que las tres personas se encuentran en una relación fija entre sí. El Hijo aparece en los evangelios como una persona divina dependiente, que piensa y actúa única y solamente como lo indica el Padre, y no como si fuera absolutamente independiente. "No puede el Hijo hacer nada por sí mismo", "No puedo yo hacer nada por mí mismo" (Juan 5: 19,30). "He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió" (Juan 6:38). "Nada hago por mí mismo... yo hago siempre lo que le agrada" (Juan 8: 28s). Corresponde a la naturaleza de la segunda persona de la Trinidad reconocer la autoridad de la primera persona y someterse a su buena voluntad. Es por ello que se declara Hijo, y que la primera persona es su Padre. Si bien es igual con el Padre en eternidad, poder, y gloria, le es natural representar el papel de Hijo, y encontrar gozo en cumplir la voluntad de su Padre, así como es natural para la primera persona de la Trinidad planificar e iniciar las obras de la Deidad, y natural también, para la tercera persona, proceder a cumplir lo que le indican conjuntamente el Padre y el Hijo. De este modo la obediencia de Dios-hombre al Padre cuando estaba en la tierra no fue resultado de una nueva relación ocasionada por la encarnación sino la continuación en el tiempo de la relación eterna entre el Hijo y el Padre en el cielo. Como en el cielo, así también en la tierra el Hijo ocupó un lugar de total dependencia con respecto a la voluntad del Padre.
Pero si esto es así realmente, queda todo explicado. Dios-hombre no tenía conocimiento independiente, como tampoco actuaba en forma independiente. Así como no hizo todo lo que pudo haber hecho, porque ciertas cosas no respondían a la voluntad del Padre (Véase Mat. 26: 53s), no sabía conscientemente todo lo que podía haber sabido, sino sólo lo que el Padre quería que supiese. Su conocimiento, como todo lo demás relacionado con su actividad, estaba limitado por la voluntad de su Padre. Y por ello la razón de su ignorancia de (por ejemplo) la fecha en que habría de volver no radicaba en que hubiese hecho abandono de su poder para conocer todas las cosas en el momento de la encarnación, sino en que no era la voluntad del Padre que tuviese conocimiento de este hecho particular mientras estaba en la tierra, antes de su pasión. Seguramente que Calvino tenía razón cuando comentó sobre Marcos 13:32 que "hasta que no hubo cumplido cabalmente su misión [mediadora], la información que le fue dada después de su resurrección no le fue dada antes". De manera que la limitación del conocimiento de Jesús se ha de explicar no en términos del carácter de la encarnación sino con relación a la voluntad del Padre para el Hijo mientras este estaba en la tierra. Por lo tanto, llegamos a la conclusión de que, así como en los evangelios hay ciertos hechos que contradicen la teoría del kenosis, así, también, no existen' hechos .en los evangelios que no se puedan explicar mejor sin dicha teoría.
V
Vernos ahora lo que significó para el Hijo de Dios despojarse de sí mismo y hacerse pobre. Significaba poner a un lado gloria (el verdadero kenosis); una voluntaria restricción de su poder; la aceptación de las' penurias, el aislamiento, los malos tratos, la malicia, y la incomprensión; finalmente, una muerte con tal agonía -espiritual aun más que física que su alma llegó al punto del quebrantamiento poco antes (Véase Luc. 12: 50 y el relato de Getsemaní). Significaba amor hasta lo sumo para hombres que no lo merecían, para quienes "por su pobreza, fuesen enriquecidos". El mensaje de la Navidad es el de que hay esperanza para una humanidad arruinada -esperanza de perdón, esperanza de paz con Dios, esperanza de gloria- porque, siguiendo la voluntad del Padre, Jesucristo se hizo pobre y nació en un establo para que treinta años más tarde pudiese ser colgado de una cruz. Es el mensaje más hermoso que el mundo haya escuchado, y que jamás habrá de escuchar.
Hablamos volublemente del "espíritu navideño", pero rara vez queremos decir otra' cosa que un espíritu de alegre sentimentalismo a nivel familiar. Más lo que hemos dicho nos hace ver claramente que esta frase tendría que despertar en nosotros una tremenda carga de significado. Tendría que significar la reproducción en la vida de los seres humanos de la especial disposición de aquel que por nosotros se hizo pobre en la primera Navidad. Y el espíritu navideño mismo debiera ser la marca de todo cristiano a lo largo de todo el año.
Constituye una vergüenza, y motivo de deshonra, para nosotros hoy el que tantos cristianos -seré más específico: tantos cristianos entre los más firmes y ortodoxos- anden por este mundo en el espíritu del sacerdote y el levita de la parábola de nuestro Señor, viendo la necesidad humana por todas partes, pero, (tras un piadoso deseo, y tal vez una oración, para que Dios supla su necesidad) apartando los ojos, y pasando por el otro lado. Este no es el espíritu de la Navidad. Ni es tampoco el espíritu de aquellos cristianos que por desgracia son tan numerosos - cuya ambición en la vida parece limitarse a la formación de un lindo hogar cristiano de clase media, a hacerse un lindo grupo de amistades cristianas de clase media, y que dejan que los sectores de la comunidad que están por debajo de la clase media, tanto cristianos como incrédulos, se las arreglen por su cuenta.

El espíritu navideño no brilla en el creyente esnobista. Porque el espíritu de la Navidad es el espíritu de los que, como su Maestro, abrazan como principio para todos los actos de su vida el hacerse pobres -gastando y desgastándose- a fin de enriquecer a los demás hombres: dando su tiempo, ocupándose, preocupándose, y cuidando a los demás, y no solamente a sus amigos- para promover su bien, en cualquier sentido en que pudieran requerirse sus servicios. Hay quienes evidencian este espíritu, pero debería haber muchos más. Si Dios en su misericordia nos reaviva, una de las cosas que hará será despertar más de esta clase de espíritu en nuestro corazón y en nuestra vida. Si anhelamos para nosotros personalmente un despertar espiritual, uno de los pasos que debiéramos tomar es el de cultivar dicho espíritu. "Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos." "Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús." "Por el camino de tus mandamientos correré, cuando ensanches mi corazón" (Sal. 119: 32).